Álvaro Torres Forero

Presidente

Iglesia Pentecostal Unida de Colombia

Cuando uno llega a comprender a cierta profundidad el problema del pecado y la actitud del hombre; cuando se tiene una idea, aunque sea somera, de quién es Dios y quiénes somos nosotros, entonces miramos con extrañeza la actitud que Dios ha asumido en relación con el ser humano. Habiendo dedicado toda mi vida a la predicación del Evangelio, he visto a Dios una y mil veces mostrar una compasión incomparable e incomprensible con personas a quienes uno no les daría una oportunidad por pensar que sería una pérdida de tiempo. Y una y mil veces me he sorprendido, porque no deja de sorprender, al ver la obra extraordinaria que el Señor ha hecho transformando esas vidas intrascendentes en verdaderos trofeos que recuerdan que hay un “ganador” incuestionable: el Señor Jesucristo.

 En mi caso particular, crecido en la Iglesia, cuando pisé los doce, mi vida comenzó a descomponerse. Una noche salté a mi cama como muchas noches y decidí irme a dormir. Creo que ni me acordaba, por lo menos conscientemente, de que Dios estuviera por ahí. Así me quedé dormido. Pero fue esa noche, de manera incomprensible, cuando Dios decidió poner las cosas en orden conmigo.

Tuve un sueño que pareció durar toda la noche. Todo era muy real. En ese sueño viví una experiencia en la que Dios me mostró lo que yo era y cómo iba a terminar. En ese sueño terminé en el basurero de la ciudad que quedaba frente a la cárcel Modelo de Barranquilla. Terminé llorando abundantemente. Desperté. En realidad lo hacía de forma tal que no podía ni respirar, sobre todo con una consciencia de Dios que llenaba todo mi ser, y produciendo una reverencia hasta entonces desconocida para mí. Yo estaba seguro que Dios estaba en mi cuarto, ahí, parado frente a mí, aunque no lo veía físicamente. Lo escuchaba hablándome, aunque no percibía ningún sonido.

Aquella noche, inesperadamente, mi vida se transformó. Yo me arrodillé y lloré hasta que me sentí bien. Luego me dormí profundamente con una paz inexplicable. Al otro día yo era otra persona. Había sufrido una transformación total. De veras fue algo maravilloso e inexplicable. Así es Dios. Aquello sucedió como en el mes de agosto, fui bautizado el 27 de septiembre de 1957. Tenía solo doce años. Al año siguiente, fui lleno del Espíritu Santo. Yo no lo puedo probar porque no quedó video grabado, pero si me lo preguntan, tendría que responderles que de regreso a casa yo no tocaba el piso: flotaba. ¡Qué cosa tan impresionante! En verdad solo Dios hace cosas así. Es una obra extraordinaria en todo el sentido de la palabra.

Después, una noche, en un culto misionero, Dios me ayudó a ver las cosas tan simples como un niño de trece años las puede ver; y cuando todos se fueron yo me fui al altar y le entregué mi vida al Señor como ofrenda para servirle. No pasaron muchos días cuando me pidieron ir a un barrio de invasión y reunir niños para enseñarles. Lo hice, y comencé con ocho niños de 3 a 5 años. Pero lo que yo no entendí es que el día que acepté ir a enseñar a esos niños estaba también decidiendo el futuro de mi vida. Ahí comencé a servir, y nunca me he dedicado a otra cosa. Es una forma extraña de ingresar al ministerio, pero Dios es quien hace todas las cosas en todos. Él es un ser inexplicable pero sabio en extremo, que sabe para dónde va y qué es lo quiere hacer.

Solo Él puede hacer las cosas como las hace, porque solo Él es Dios. El Señor nos sorprende con cosas inesperadas porque conoce el futuro y no puede equivocarse. Caminar con Él es una experiencia única, sorprendente, renovadora; es como vivir una aventura permanente en la que lo inesperado es la regla. Él obra como menos lo pensamos, y como dice el himno: “Hace un camino donde no lo hay”. Es como si la apertura del camino entre el mar se repitiera una y otra vez, como el ejercicio de una plana infantil y fácil desarrollada por un súper genio que todo lo puede y para quien nada es imposible, mucho menos difícil. Le agradezco a Dios haberme permitido hacerlo mi compañero de viaje. Ha sido toda una aventura. ¡A su Nombre sea la gloria!

Tomado de el Heraldo de la Verdad

Edición 163, página 10 y 11

http://www.ipucdecom.com/edicion-2015/#fb0=11