INTRODUCCIÓN

Describir a Dios como el Verbo es, sin duda, la forma más bella de hacerlo, porque la Palabra es más hermosa que las mismas obras.  La Palabra sirve para describir lo creado; sin la Palabra la belleza está muerta.

El único ser, entre todos los de la creación capaz de expresarse, es el ser humano.  El león ruge, la catarata le acompaña; el pájaro da su canto, entretanto las hojas de los árboles movidas por el viento también producen su lenguaje; el mar brama, la luna alumbra en la oscuridad de la noche.  En fin, todo lo creado, algunos en su lenguaje mudo, como el cielo que cuenta la gloria de Dios y el firmamento que anuncia la obra de sus manos, expresan de la mejor manera la alabanza por lo creado.

Pero solo al ser humano Dios le dio palabras para expresar la grandeza de su Creador; la palabra es en el hombre un don exclusivo y eterno de parte de Dios.

Poder entonces hablar con claridad las verdades profundas de Dios a los hombres, debe ser uno de nuestros retos propuestos, porque es preciso recordar que somos portadores de la más grande y enriquecedora noticia: “LAS BUENAS NUEVAS DE SALVACIÓN” ¿Cómo transmitir este mensaje entonces?  Es importante que lo hagamos de la manera más hermosa que podamos.  Porque la Palabra es definitiva, no es otra cosa que Dios mismo; Dios que con ella crea y recrea; Dios que guía con su silbo apacible al ser humano.

Dios nos habla a través de la única Palabra que perdura viva, cuando somos capaces de empaparnos de ella bajo la lluvia suave y penetrante de Su gracia, que fluye con el soplo divino de su Espíritu Santo.

La elocuencia (talismán imprescindible de la palabra bien dicha) es ese hábito mágico que cautiva y desprende un orador por lo que dice y cómo lo dice.

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